Llegó, inevitablemente, la fatídica petición de la moto. El otro día, mi hijo de 13 años, comenzó su campaña para comprarle “la moto”, para el curso que viene. Su justificación: la de siempre a estas edades, que varios de sus amigos ya la tienen, otros se la van a comprar próximamente, que así no tenemos que llevarlo y recogerlo cuando se reúna con sus amigos (vivimos a 15 kms de Málaga), que en Málaga todo el mundo la tiene, etc, etc.
Ante este, esperado y temido asunto, su madre y yo, hemos iniciado la misma política que utilizamos con su hermana años atrás, ante la misma dichosa petición. He de decir que con ella, tuvimos éxito relativo, ya que evidentemente no le compramos la moto, pero no pudimos evitar que de vez en cuando, algún amigo nos dijese que la había visto “de paquete” con alguien, circunstancia que nos ponía los pelos de punta por la peligrosidad y que daba lugar a una nueva conversación familiar para recordarle y convencerla de los peligros de esa acción. Pero, como dijo, mi antepasado familiar, el famoso torero El Guerra, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. No obstante y para intentar contrarrestar esta pesimista y tal vez realista frase, si debo dejar claramente expresada la idea de que los padres lo que no debemos hacer bajo ningún concepto es facilitarle a los hijos, comprándoselo, el instrumento que puede acabar de la forma más absurda y estúpida del mundo con su vida, con la vida inocente y maravillosa de un adolescente, casi niño-niña a veces.
He de decir que por supuesto en casa no tenemos fobia, sino todo lo contrario, a las motos utilizadas por chicos y chicas ya mayores, por adultos y a la filosofía especial de los llamados “moteros”, con un grupo de los cuales pasamos un día maravilloso con nuestros hijos, durante nuestra estancia en California. En todos ellos es infrecuente el comportamiento típico del adolescente, con ausencia total de conocimiento del código de la circulación y maniobras suicidas para él y de graves consecuencias para el ciudadano con coche que tenga la mala suerte de verse envuelto en un accidente de moto con uno de estos chicos. No he entendido nunca porqué, a la vista de los funestos resultados que todos conocemos, no se les vigila y castiga, en forma ejemplar, cuando a los demás conductores ó peatones, nos obsequian con alguna de sus “graciosísimas” maniobras de adelantamiento prohibido, arranque con caballito, zigzag inesperado, salto de semáforo en rojo, falta de respeto de paso de peatones, etc., etc.
El que un chico ó chica de 13-17 años, tenga una motocicleta “de adolescente”, que puede utilizarla como un juguete mortal, es casi siempre responsabilidad exclusiva de los padres y lo fácil, lo extraordinariamente fácil para nosotros es comprarle la moto, con tal de no volver a oír continuamente la cantinela. Creo sinceramente que la profesión más difícil de esta vida es ser padres y precisamente es la única que no se puede estudiar, no hay Universidad ó Escuela para nosotros y francamente muchas veces sería maravilloso que alguien nos pudiese echar una mano en la educación de los hijos. Cuantas personas conocemos a lo largo de nuestra vida en las que se nota de forma clara la falta de una buena relación con sus padres, algunos por fallecimiento, otros por falta de formación y la mayoría yo creo que por la comodidad a que nos empuja esta sociedad en la que vivimos, ya que para intentar educar a los hijos hay que tener, aparte de una sólida formación humana, una paciencia exquisita, sobre todo en la etapa de la adolescencia.
Esta política de eliminar ó al menos difuminar de la cabeza la idea de la moto, esta basada siempre en la conversación con los hijos, con un diálogo tranquilo (a veces haciendo esfuerzos sobrehumanos para no perder el papel de padres dialogantes ante las “originales y sólidas” ideas con que argumentan nuestros hijos), sosegado y razonado sobre porqué pensamos que, en este mundo materialista, consumista y americanizado: TV en su cuarto, videoconsola, teléfono móvil, moto, etc, en rarísimas ocasiones puede estar justificada la moto a estas edades.
En primer lugar, le hemos dicho que su madre y yo, como ya hicimos con nuestra hija, no tendremos jamás el más mínimo inconveniente en llevarlo y traerlo, cuantas veces quiera y a la hora que sea, faltaría más, a las reuniones con su amigos o actividades deportivas del colegio. ¡ Jó y me vais a llevar y traer siempre vosotros ¿ Naturalmente, tus padres están, entre otras cosas, para ello, para acompañar a sus hijos y saber siempre donde están y con quién están. En segundo lugar, le hemos informado de cifras reales sobre posibilidades de muerte con los distintos medios de transporte. El viajar en la motocicleta multiplica las posibilidades de accidente y muerte respecto a cualquier otro medio de locomoción, por muy diversas circunstancias: irresponsabilidad de la edad, imitación de las “machadas” de sus colegas, uso del caso en solo el 20% de los casos (SUR, 9 de septiembre de 1998), presencia de alcohol en el 40-80% de los fallecidos, etc, con la especialísima circunstancia de que muchos de ellos son adolescentes, el piloto y el paquete, muertos en la flor de la vida y con sus padres destrozados para el resto de la suya. No entiendo la absurda manía de no llevar el casco porque hace mucho calor en Málaga y que hace que el riesgo de muerte ó tal vez peor, de secuelas neurológicas para toda la vida, se incremente hasta cifras de infarto. Espero que la feliz idea del Ayuntamiento de Málaga, por la que hay que felicitarlo, de retirar la moto a todo aquel que no lleve casco, no quede pasado cierto tiempo en una magnifica y original iniciativa sino en una conducta permanente. El tiempo lo dirá.
Como todos estos distintos pasos en la conversación mantenida con un adolescente, a pesar de ser expuestos con prudencia, con tranquilidad, sin imposición de ideas para anular las suyas, etc., etc., muchas veces nuestros hijos se las pasan por “el arco de cuchilleros”, tenemos que llegar a la fase final de la conversación y que fue la que convenció fulminantemente a nuestra hija de que no necesitaba la moto. Yo, muy serio y muy tranquilo, le he dicho a mi hijo, que accediese a dos peticiones mías: la primera, que elija un fin de semana cualquiera del verano de Málaga, y que me acompañe al servicio de urgencias del Hospital “Carlos Haya”, donde con mucho gusto “haremos guardia” de 24 horas para ver el desfile de colegas de su edad, que tienen que pasar por el quirófano por accidente de moto. Si esto no le impacta lo suficiente, ir al cementerio donde podrá, previo permiso solicitado a un amigo forense, presenciar la autopsia de un adolescente de edad parecida a la suya, fallecido por un accidente de moto. Málaga tengo entendido que es una de las ciudades de Europa, con más motos por nº de habitantes y por ello los accidentes, con muerte y con secuelas permanentes son frecuentes. La segunda petición mía, si con las anteriores no es suficiente, creo que de mayor impacto reflexivo todavía, visitar y convivir 24 horas con alguno de los hijos de amigos míos, que han tenido la desgracia de sufrir una tetraplejia, es decir parálisis de brazos y piernas y otras muchas complicaciones médicas, tras otro accidente de esas motos.
Estoy totalmente seguro de que mi hijo, que es un muchachote muy inteligente y además muy listo, especialmente aficionado a los medios de locomoción desde antes de empezar a pronunciar su primeras palabras y con la idea de estudiar una carrera relacionada con el mundo del motor, optará por la opción de esperar a que tenga 18 ó 20 años y con su madurez y sus ahorros, fruto del trabajo realizado en los veranos, y una ayudita económica de sus padres, al igual que ocurrió con su hermana mayor, poder comprarse la gran ilusión de su vida, una moto en condiciones, de esas maravillas que vemos conducidas por adultos, ó un coche, pero desde luego, jamás una moto “de juguete”, una auténtica bomba para su vida y para la de los demás. Un Pediatra amigo mío, me decía una vez, que un adulto es un superviviente de la niñez y de la adolescencia. Los padres creo que tenemos la inmensa responsabilidad de hacer todo lo posible para que el niño, pase a adolescente y este se convierta en un adulto. ¡Animo padres ¡, la tarea es muy difícil, pero posible. El éxito está en hablar con los hijos. Esperamos tenerlo nosotros en nuestro caso.
Manuel Gallo Vallejo
Málaga 1 de junio de 2000
